martes, 10 de enero de 2012

George Eliot.- SILAS MARNER

ANTOLOGÍAS



      George Eliot.- SILAS MARNER


Mary Anne Evans (George Eliot para los lectores)
I

En los tiempos en que las ruecas zumbaban activamente en las granjas, en que las mismas grandes damas, vestidas de sedas y encajes, tenían sus pequeñas ruecas de encina lustrada, a veces se veía, ya sea en los caminos de los distritos apartados, ya sea en el seno profundo de las colinas, a ciertos hombres pálidos y enclenques que, comparados con las gentes vigorosas de los campos, parecían ser los últimos vestigios de una raza desheredada.

 Una vieja edición

El perro del pastor ladraba furioso cuando uno de esos hombres de fisonomía extraña aparecía en las alturas, y su fisonomía extraña se destacaba negra sobre el cielo, en el ocaso breve del sol de invierno; porque, ¿a qué perro no incomoda una persona encorvada bajo el peso de un fardo? Y aquellos hombres pálidos rara vez salían de su aldea sin aquella carga misteriosa.

El propio pastor, bien que tuviera buenas razones para creer que la bolsa sólo contenía hilo de lino, si no largas piezas de lienzo tejidas con ese hilo, no estaba muy seguro de que aquel oficio de tejedor, por indispensable que fuera, pudiera ejercerse sin el auxilio del espíritu maligno.


 Silas Marner en el celuloide

En aquella época remota, la superstición acompañaba a todo individuo o a todo hecho un tanto extraño. Y para que una cosa pareciera tal, bastaba que se repitiera periódica o accidentalmente, como las visitas del buhonero o del afilador.

Nadie sabía dónde vivían aquellos hombres errantes, ni de quién descendían; y, ¿cómo podría decirse quiénes eran, a menos de conocer a alguien que supiera quiénes eran su padre y su madre?

Para los campesinos de antaño, el mundo, más allá del horizonte de su experiencia personal, era una región vaga y misteriosa. Para su pensamiento, que se había quedado estacionario, una vida nómada era una concepción tan obscura como la existencia, durante el invierno, de las golondrinas que volvían en primavera. Pero el extranjero que se establecía definitivamente entre ellos, si procedía de una región lejana, no dejaba nunca de ser mirado con un resto de desconfianza. Esta circunstancia hubiera hecho que las gentes no se sorprendieran absolutamente, en el caso de que cometiera un crimen después de largos años de conducta inofensiva, particularmente si tenía cierta reputación de instruido, o si demostraba cierta habilidad en un oficio.

Todo talento, ya sea en el uso rápido de este instrumento de difícil manejo, la lengua, ya sea en algún otro arte poco familiar a los campesinos, era en sí mismo sospechoso; las gentes honradas, nacidas y criadas bajo la vista de todos, no eran, por lo general, ni muy instruidas ni muy hábiles--por lo menos su ciencia no se extendía más allá de los signos del cambio del tiempo--, y los medios de adquirir rapidez o habilidad en un arte cualquiera eran tan desconocidos, que
esos talentos parecían tener algo de sortilegio. De ahí que esos tejedores dispersos--emigrados de la ciudad al campo--, eran considerados durante toda su vida como extranjeros por sus vecinos campesinos, y contraían generalmente los hábitos excéntricos, inherentes a una existencia solitaria.

En los primeros años del siglo pasado, uno de esos tejedores, llamado Silas Marner, ejercía su profesión en una choza construida de piedra, situada en medio de cercos de avellanos, cerca de la aldea de Raveloe, y no lejos de los bordes de una cantera abandonada. El ruido vago de su telar, tan diferente del trote natural y alegre de la máquina de cerner o del ritmo más simple del trillo de mano, ejercía un encanto casi terrible sobre los chicos de Raveloe, que con frecuencia dejaban de ir a recoger avellanas o buscar nidos, para ir a mirar por la ventana de la choza. El movimiento misterioso del telar les inspiraba cierto temor respetuoso; sin embargo, ese temor era compensado por un sentimiento gradable de superioridad desdeñosa que sentían, burlándose de los ruidos alternados de la máquina, así como del tejedor, cuya actitud se parecía a la del preso empleado en el molino de la disciplina.

A veces sucedía que Marner, al detenerse para arreglar algún hilo irregular, notaba la presencia de los chicuelos. Aunque fuera avaro de su tiempo, le desagradaba tanto que lo importunaran aquellos intrusos, que bajaba de su telar, abría la puerta y fijaba en ellos una mirada que bastaba siempre para nacerlos huir asustados. Porque, ¿cómo podrían creer que aquellos ojos negros y saltones del pálido rostro de Silas Marner no vieran en realidad claramente más que los objetos muy próximos? ¿Cómo no creer más probable, que su mirada fija y espantosa pudiera darle un calambre, el raquitismo a todo niño que se quedara atrasado?




domingo, 8 de enero de 2012

Sade.- EL APARECIDO

ANTOLOGIAS


Marqués de Sade


El Aparecido
(Le Revenant-1788)

El sádico marqués 



      La cosa del mundo a la cual los filósofos otorgan menos fe es a los aparecidos; si no obstante el caso extraordinario que voy a contar, caso certificado con la firma de muchos testigos y consignado en archivos respetables, si ese caso, digo, y teniendo en cuenta esos títulos y la autenticidad que tuvo en su tiempo, puede volverse susceptible de ser creído, será necesario, a pesar del escepticismo de nuestros estoicos, persuadirse que si todos los cuentos de aparecidos no son verdaderos, al menos hay acerca de eso cosas muy extraordinarias.

Una edición del libro

      Una gruesa Madame Dallemand que todo París conocía entonces como una mujer alegre, franca, ingenua y de buena compañía, vivía desde hacía más de veinte años que era viuda con un cierto Ménou, hombre de negocios que habitaba cerca de Saint Jean-en-Grève. Madame Dallemand se encontraba un día a cenar en la de cierta Madame Duplatz, mujer de su apostura y de su sociedad, cuando en medio de una partida que habían comenzado al levantarse de la mesa, un lacayo vino a rogar a Madame Dallemand que pasara a un cuarto vecino, visto que una persona de su conocimiento demandaba insistentemente hablarle por un asunto tan apurado como consecuente; Madame Dallemand dijo que la esperara, que no quería interrumpir su partida; el lacayo vuelve e insiste de tal manera que la dueña de la casa es la primera en apurar a Madame Dallemand para que vaya a ver qué es lo que quiere. Ella sale y reconoce a Ménou.

      - ¿Qué asunto tan urgente, le dice ella, puede haceros venir a turbarme así en una casa en la que no sois conocido?

      - Uno muy esencial, señora, responde el corredor de comercio, y debeis creer que es bien necesario que sea de esa especie, para que haya obtenido de Dios el permiso de venir a hablaros por última vez en mi vida...

      Ante esas palabras que no anunciaban un hombre muy en sus cabales, Madame Dallemand se turba y observando a su amigo que no había visto desde hacía unos días, se espanta aun más al verlo pálido y desfigurado.

Una visión de Chirico

      - ¿Qué tenéis, señor, le dice, cuáles son los motivos del estado en que os veo, y de las cosas siniestras de que me habláis... aclarádmelo rápidamente, qué os ha ocurrido?

      - Sólo algo muy ordinario, señora, dice Ménou, después de sesenta años de vida era muy simple llegar a puerto, gracias al cielo heme allí; he pagado a la naturaleza el tributo que todos los hombres le deben, no me lamento más que de haberos olvidado en mis últimos instantes, y es por esa falta, señora, que vengo a pediros perdón.

      - Pero, señor, vos batís el campo, no hay ningún ejemplo de una tal sinrazón; o volvéis en vos, o voy a pedir socorro.

      - No llaméis, señora, esta visita inoportuna no será muy larga, me aproximo al término que me ha sido acordado por el Eterno; escuchad pues mis últimas palabras y es para siempre que vamos a dejarnos... Estoy muerto, os dije, señora, muy pronto seréis informada de la verdad de lo que os adelanto. Os he olvidado en mi testamento, vengo a reparar mi falta; tomad esta llave, transportaos al instante a mi casa; detrás de la tapicería de mi lecho encontrareis una puerta de hierro, la abriréis con la llave que os doy, y os llevareis el dinero que contendrá el armario cerrado por esa puerta; esa suma es desconocida por mis herederos, es vuestra, nadie os la disputará. Adiós, señora, no me sigáis...

      Y Ménou desapareció.

Fantasía

      Es fácil imaginar con qué turbación Madame Dallemand volvió al salón de su amiga; le fue imposible esconder el tema...

      - La cosa merece ser reconocida, le dijo Madame Duplatz, no perdamos un instante.

      Se piden caballos, se sube en coche, se llega hasta la casa de Ménou... Él estaba ante su puerta, yaciendo en su ataúd; las dos mujeres suben a los apartamentos, la amiga del dueño, demasiado conocida para ser rechazada, recorre todas las habitaciones que le placen, llega a aquella indicada, encuentra la puerta de hierro, la abre con la llave que le han dado, reconoce el tesoro y se lo lleva.

      He aquí sin duda pruebas de amistad y de reconocimiento cuyos ejemplos no son frecuentes y que, si los aparecidos espantan, deben al menos, se convendrá en ello, hacerse perdonar los miedos que pueden causarnos, en favor de los motivos que los conducen hacia nosotros.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Jack London.- KOOLAU

ANTOLOGIAS



JACK LONDON: KOOLAU

 El autor

     ––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cár­cel. Vosotros lo sabéis. Ahí tenéis a Niuli. Mandaron a su hermana a Molokai hace siete años. Desde entonces no ha vuelto a verla ni volverá a verla jamás. Seguirá allí hasta que muera. No por voluntad propia, ni por voluntad de Niuli, sino por voluntad de los blancos que gobiernan el país. Y ¿quiénes son esos blancos?
Acantilados de la isla de Molokai

     »Sí, lo sabemos. Nos lo han dicho nuestros padres y los padres de nuestros padres. Llegaron como corderos y con buenas palabras. No tenían más remedio que decir buenas palabras porque éramos muchos y fuertes y las islas eran nuestras. Como os digo, vinieron con buenas palabras. Los había de dos clases. Unos pidieron permiso, nuestro gracio­so permiso, para predicar la palabra de Dios. Los otros soli­citaron permiso, nuestro gracioso permiso, para comerciar. Aquello fue el comienzo. Hoy todas las islas son suyas. Las tierras, los rebaños, todo les pertenece. Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y se han convertido en jefes. Viven como reyes en casas de muchas habitaciones con multitud de criados que les sirven. Los que no tenían nada, ahora son dueños de todo, y si vosotros, o yo, o cualquier canaca tiene hambre, fruncen el ceño y le dicen: ¿Por qué no trabajas? Ahí tienes las plantaciones.

     Koolau hizo una pausa. Levantó la mano y con dedos sar­mentosos y contrahechos alzó la guirnalda llameante de hi­biscos que coronaba sus negros cabellos. La luz de la luna bañaba de plata la escena. Era una noche pacífica, aunque los que estaban sentados a su alrededor pare­cían supervi­vientes de una encarnizada batalla. Sus rostros eran leoni­nos. Aquí se abría un vacío donde antes hubiera una nariz, y allá sur­gía un muñón en el lugar de una mano. Eran hom­bres y mujeres, treinta en total, desterrados porque en ellos llevaban la marca de la bestia.
Una edición del libro

     Estaban sentados, adornados con guirnaldas de flores, en medio de la noche perfumada y luminosa. Sus labios articu­laban ásperos sonidos y sus gargantas aprobaban con gru­ñidos toscos las palabras de Koolau. Eran criaturas que una vez fueran hombres y mujeres, pero que habían dejado de serlo. Eran monstruos, caricaturas grotescas en el rostro y en el cuerpo de todo lo que caracteriza al ser humano. Ho­rriblemente mutilados y deformes, semejaban seres tortu­rados en el infierno a lo largo de milenios. Sus manos, si las tenían, eran como garras de arpías. Sus rostros eran ano­malías, errores, formas machacadas y aplastadas por un dios furioso encargado de la maquinaria de la vida. Aquí y allá se adivinaban rasgos que aquel dios colérico casi había borrado. Una mujer lloraba lágrimas abrasadoras que bro­taban de dos horribles pozos gemelos abiertos en el lugar que un día ocuparon los ojos. Unos cuantos de entre ellos padecían horribles dolores, y de sus pechos surgían gemi­dos roncos. Otros tosían con un crujido suave que recorda­ba el rasgar de un papel de seda. Dos de ellos eran idiotas, enormes simios desfigurados desde su factura de tal modo que un mono a su lado habría parecido un ángel. Hacían muecas y farfullaban a la luz de la luna, bajo coronas de flo­res doradas que comenzaban a perder su lozanía. Uno de aquellos seres, cuyo lóbulo hinchado ondeaba como un abanico sobre su hombro, arrancó una espléndida flor na­ranja y escarlata y decoró con ella la enorme oreja que ale­teaba con cada movimiento de su cuerpo.
Una antigua leprosería en España

     Sobre estas criaturas reinaba Koolau y aquéllos eran sus dominios, una garganta ahogada por las flores, una garganta sembrada de riscos y peñascos, de la que surgían, para que­dar después flotando en el espacio, los balidos de las cabras salvajes. La cerraban por tres lados murallas de roca festo­neadas con fantásticos cortinajes de vegetación tropical y horadadas por entradas a cuevas, guaridas de los súbditos de Koolau. En dirección al mar el suelo se despeñaba hacia un tremendo abismo del que sobresalían, allá abajo, crestas de picos y peñascos en torno a cuyas bases espumeaba y ru­gía el oleaje del Pacífico.


























domingo, 25 de diciembre de 2011

A. Dumas.- AMAURY

ANTOLOGÍAS



AMAURY, de Alejandro Dumas, padre.              

      Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carácter nacional, que con dificultad se encuentra en otro país cualquiera: la conversación, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir con los franceses.
      En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; sólo en Francia se conversa por costumbre.
      No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me ha ocurrido anunciar de pronto que al día siguiente me volvía a París. Si alguno, admirado de tan súbita resolución, me preguntaba:
      --¿A qué vas a París?
      Yo le respondía sencillamente:
      --A conversar.
      Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversación, pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas sólo por darme el gusto de conversar. Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me comprendían los franceses. Estos solían exclamar:
      --¡Qué dicha! ¡qué placer!     
      Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.


      A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas tertulias que en un salón elegante improvisan unas cuantas personas charlando a su sabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo, para abandonarla después de sacar de ella todo el partido posible, cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de las bromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos, lo cual no obsta para que súbitamente, al llegar al punto culminante de su desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada por la dueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo el hilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres,
planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a verter su correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama «la conversación».
      Por el estilo del salón que describo hay en París cinco o seis en los cuales no se baila, ni se canta, ni se juega, y sin embargo no se sale de ellos nunca antes del amanecer.

      Cuéntase entre estos salones el de un buen amigo mío, el conde M... Digo amigo mío y en realidad no haría mal en decir amigo de mi padre, pues es el caso que el conde de M... quien por nada de este mundo es capaz de confesar motu proprio su edad (ni, por otra parte, tampoco hay quien le pregunte sobre ella), no dejará de tener sus sesenta y tantos años bien cabales, aunque no represente más allá de los cincuenta, gracias al extremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los últimos y más genuinos representantes del tan calumniado siglo XVIII, lo cual debe sin duda explicar la escasez de sus creencias, circunstancias que (dicho sea en su honor), no le ha hecho caer, como a la mayoría de los incrédulos, en el afán de empeñarse en que los demás dejen de creer también.

      Puede decirse que hay en él dos principios, uno hijo del corazón y otro del entendimiento, que mutuamente se repelen. Es egoísta por sistema y generoso por naturaleza. Nacido en tiempo de nobles y filósofos, el instinto aristocrático viene a equilibrar en su espíritu la independencia del pensador. Conoció a los hombres más conspicuos del pasado siglo. Fue bautizado por Rousseau con el título de ciudadano; Voltaire le auguró que sería poeta; Franklin le recomendó simplemente que fuese un hombre honrado y bueno.      




viernes, 16 de diciembre de 2011

Gérard de Nerval.- LA MANO ENCANTADA

ANTOLOGÍAS


Gérard de Nerval

      I. La Plaza Dauphine

      Nada es tan hermoso como las casas del siglo XVII que la plaza Royale ofrece en tan majestuoso conjunto. Cuando sus fachadas de ladrillos intercalados y enmarcados por molduras y cantos de piedra y cuando sus altas ventanas se encienden con los espléndidos rayos de sol del atardecer uno siente al contemplarlas la misma veneración que ante un tribunal de magistrados vestidos con ropas rojas forradas de armiño y, si no fuese una pueril comparación, que podría decir que la larga mesa verde alrededor de la cual se sientan estos temibles magistrados formando un cuadrado se parece un poco a la diadema de tilos que bordea las cuatro caras de la plaza Royale completando su grave armonía.

Place Royale

      Hay otra plaza en la ciudad de Paris que no es menos agradable por su regularidad y su estilo y que es en triángulo poco más o menos es el triángulo lo que la otra fue en cuadrado. Fue construida bajo el reinado de Enrique el Grande, que la llamó plaza Dauphine, y entonces se admiró el poco tiempo que precisaron sus edificios para cubrir el vacío terreno de la isla de la Gourdaine. La invasión de este terreno fue un cruel disgusto para los clérigos, que iban allí a divertirse ruidosamente, y para los abogados, que meditaban en él sus alegatos:¡era un paseo tan verde y tan florido al salir de la infecta audiencia del Palacio…!
Isla de la Gourdaine
      Apenas se levantaron aquellas tres filas de casas sobre sus pesados pórticos cargados y surcados de salientes y tabiques, apenas fueron revestidas con sus ladrillos, abiertas sus ventanas con balaústres y cubiertas con macizos tejados, aquel linaje de gentes de justicia invadió toda la plaza siguiendo cada uno sus categoría y sus medios, es decir, en relación inversa a la altura de los pisos. Aquello se convirtió en una especie de corte de los milagros de altos vuelos, un hampa de ladrones privilegiados, guarida de picapleitos, edificada con ladrillo y piedra, mientras que las otras eran de barro y madera.
Plaza Dauphine

      En una de aquellas casas que constituían la plaza Dauphine vivía en los últimos años del reino de Enrique el Grande un personaje bastante importante llamado Glodinot Chevaussut, lugarteniente civil del preboste de Paris; cargo a la vez muy penoso y lucrativo en un siglo en el que los ladrones eran mucho más numerosos de lo que lo son hoy en día, ¡tanto ha disminuido desde entonces la probidad en nuestra Francia!, y en el que el número de mujeres de alegre vivir era mucho más considerable, ¡tanto se han degradado las costumbres! Como la humanidad no cambia en absoluto se puede decir, como un antiguo autor, que cuanto menos granujas hay en galeras más hay fuera.

martes, 29 de noviembre de 2011

Anónimo.- LAZARILLO DE TORMES

Anónimo.- LAZARILLO DE TORMES



PRÓLOGO



      Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que la lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite. A este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena. Mayormente, que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello; y así vemos cosas tenidas en poco de algunos que de otros no lo son. Y esto para que ninguna cosa se debría romper ni echar a mal, si muy detestable fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar de ella algún fructo; porque, si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: La honra cría las artes.



      ¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala tiene más aborrecido el vivir? No por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro; y, así, en las artes y letras es lo mesmo. Predica muy bien el presentado y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten a su merced si le pesa cuando dicen: “¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho vuestra reverencia!” Justó muy ruinmente el señor don Fulano, y dio el sayete de armas al truhán porque le loaba de hacer llevado muy buenas lanzas: ¿qué hiciera si fuera verdad?


      Y todo va desta manera: que, confesando yo no ser más santo que mis vecinos, desta nonada que en este grosero estilo escribo, no me pesarán que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algún gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.


      Suplico a Vuestra Merced reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico, si su poder y deseo lo confirmaran. Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parecióme no tomalle por el medio, sino del principio, porque tenga entera noticia de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.




lunes, 14 de noviembre de 2011

Luigi Pirandello.- Il fu Mattia Pascal

Antologías


Luigi Pirandello.- IL FU MATTIA PASCAL

I. PREMESSA
Una delle poche cose, anzi forse la sola ch’io sapessi di certo era questa: che mi chiamavamo Matia Pascal. E me ne approfitavo. Ogni qual volta qualcuno dei miei amici o conoscenti dimostrava d’aver perduto il senno fino al punto di venire da me per qualche consiglio o suggerimento, mi stringevo nelle spalle, socchiudevo gli occhi e gli rispondevo:
“Io mi chiamo Mattia Pascal.”
“Grazie, caro. Questo lo so.”
“E a ti par poco?”
Non pareva molto, per dir la verità, neanche a me. Ma ignoravo allora che cosa volesse dire il non sapere neppur questo, il no poter più rispondere, cioè, come prima, all’occorrenza:
“Io mi chiamo Mattia Pascal.”
Qualcuno vorrà bene, compiangerli (costa così poco), immaginando l’atroce cordoglio d’un disgraziato, al quale avvenga di scoprire tutt’a un tratto che… sì, niente, insomma: né padre, né madre, né come fu o come non fu; e vorrà pur bene indignarsi (costa anche meno) della corruzione dei costumi, o dei vizi, o della tristezza dei tempi, che tanto male possono esser cagione a un povero innocente.
Ebbene, si accomodi. Ma è mio dovere avvertirlo che non si tratta propriamente di questo. Potrei qui esporre, difatti, in un albero genealogico, l’origine e la discendenza della mia famiglia e dimostrare come qualmente non solo ho conosciuto mio padre e mia madre, ma gli antenati miei e le loro azioni, in un lungo decorso di tempo, non tutte veramente lodevoli.
E allora?

Ecco: il mio caso e assai più strano e diverso; tanto diverso e stano che mi faccio a narrarlo.
Fui, per circa due anni, non so se più cacciatore di topi che guardiano di libri nella biblioteca che un monsignor Boccamazza, nel 1803, volle lasciar morrendo al nostro Comune. E ben chiaro che questo Monsignore dovete conoscer poco l’inole e le abitudini dei suoi concittaini; o forse sperò che il suo lascito doversse col tempo e con la comodità ascendere nel loro animo l’amore per lo stuio. Finora, ne posso renere testimonianza, non si è acceso; e questo dico in lode dei miei concittaini. Del dono anzi il Comune si dimostrò così poco gratto al Boccamazza, che non volle eppure erigergli un mezzo busto pur che fosse, e i libri lasciò per molti e molti anni accatastati in un vasto e umido magazzino, donde poi li trasse, pensate voi in quale stato, per allogarli nella chiesetta fuori mano di Santa Maria Liberale, non so per qual ragione sconsacrata. Qua l’affidò, senz’alcun discernimento, a titolo di beneficio, e come sinecura, a qualche sfaccendato ben protetto il quale, per due lire al giorno, stando a guardarli, o anche senza guardarli affatto, ne avesse sopportato per alcune ore il tanfo della muffa e della vecchiume.