jueves, 17 de mayo de 2012

Herman Melville.- BILLY BUDD

Herman Melville.- BILLY BUDD

El autor 
      CAPITULO PRIMERO

      En la época anterior a los barcos de vapor, o entonces con más frecuencia que ahora, quien vagabundease por los muelles de cualquier importante puerto de mar, veía requerida su atención de vez en cuando por un grupo de marineros bronceados, tripulantes de buques de guerra o marineros mercantes, bajados a tierra con permiso en traje de fiesta. En algunos casos flanqueaban, o rodeaban totalmente, como una guardia de corps, a algún personaje superior de su propia condición, que avanzaba con ellos como Aldebarán entre las luminarias menores de su constelación. El sujeto así señalado era el “Marinero Bonito” de aquellos tiempos menos prosaicos, tanto en la flota militar como en la mercante. Sin rastro perceptible de vanagloria en él, sino más bien con la descuidada falta de afectación de la realeza de nacimiento, parecía aceptar el homenaje espontáneo de sus compañeros de barco. Me acuerdo ahora de un caso bastante notable en Liverpool hace cerca de medio siglo, a la sombra de la gran pared sucia que daba a la calle del Dique del Príncipe, obstáculo hace mucho tiempo eliminado, y a un marinero raso, tan intensamente negro que por fuerza debía ser un africano nativo de la pura sangre de Cam; con una figura armoniosa muy por encima de la talla media, los extremos de un alegre pañuelo de seda echado flojamente por el cuello bailaban sobre el ébano exhibido de su pecho: en sus orejas se veían grandes aros de oro y un gorro escocés con una cinta de tartán remataba su bien formada cabeza.

Una edición del libro
      Era un cálido mediodía de julio y su cara reluciente de sudor refulgía de bárbaro buen humor con joviales salidas a izquierda y derecha, haciendo refulgir a la vista sus blancos dientes, avanzaba juguetón como centro de su grupo de marineros. Estos se componían de tal variedad de tribus y colores que les hubiera hecho adecuados para que Anacarsis Clootz (*) los presentara ante la tribuna de la primera Asamblea Francesa como representantes de la raza humana. A cada tributo espontáneo que los transeúntes rendían a esta pagoda negra de hombre –el tributo de una detención y una mirada y, con menos frecuencia, una exclamación- El abigarrado cortejo mostraba tener en quien lo provocaba esa suerte de orgullo que sin duda mostraban los sacerdotes asirios por su gran Toro esculpido cuando se postraban los fieles.

Casa-museo de Melville



(*)   El barón prusiano Jean Baptiste Clootz (1755-1794) se cambió el nombre por Anacarsis y, titulándose “Orador de la raza humana”, apareció ante la Asamblea Legislativa revolucionaria en 1792, con un grupo de representantes de diversos países.

jueves, 19 de abril de 2012

Gregorio Marañón.- ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO


Una edición del libro

      Capítulo III
LOS PADRES Y LA INFANCIA DE DON ENRIQUE


Marañón según Zuloaga

      Enrique IV fue hijo único de Don Juan II y de su mujer, la reina Doña María, hija de Don Fernando de Aragón. El hipotético centón de Fernán Gómez de Cibdarreal nos cuenta que la augusta madre padeció una grave hemorragia en el momento de nacer; y hace después horóscopos felicísimos sobre el nuevo príncipe, demostrando así el grave peligro que corren los augures, reales o imaginarios, al pronosticar sobre las cosas públicas. Palencia insinúa que tal vez fue hijo adulterino; pero la herencia de Don Juan aparece tan directamente en Don Enrique que excluye la posibilidad de esta especie, creada, sin duda, en el ambiente corrompido de la corte. Don Juan II fue, en efecto, como su hijo, de talla alta “y de grandes miembros”, pero no de buen talle; “de buen gesto, blanco y rubio,


Tumba de Juan II en la Cartuja de Miraflores, Burgos

los hombros altos y el rostro grande”. Luego comentaremos la reproducción de estos mismos detalles en la morfología de su hijo. Y desde el punto de vista psicológico encontramos en el padres las mismas cualidades poco deseables que luego alcanzaron en Don Enrique todo su siniestro esplendor. Fue Don Juan, a pesar de la buena fama con que, a través de ciertos historiadores ha pasado a la posteridad, débil de carácter y sugestionable hasta el punto de su vergonzosa sumisión a la larga tutela de Don Álvaro de Luna, del que después se desprendió con la crueldad fría que caracteriza a las reacciones de los hombres cobardes cuando, ya debilitado el tirano, pueden tomar estas revanchas que les justifican de su propia impotencia. La muerte de Don Álvaro, que al fin era un hombre dotado de cualidades políticas superiores, y que supo mantener al monarca en una digna limitación, dejó en libertad los instintos de éste, entregándose desde entonces a todo género de voluptuosidades y excesos que no tardaron en matarlo. Toda su historia es un tejido de abdicaciones, de sensualidades desaforadas y de injusticias, sin que baste a mejorar este grave juicio su reconocida afición a la lectura de poetas y filósofos y al arte musical que también transmitió a Don Enrique. Fue, sin duda, lo que hoy llamaríamos un intelectual, pero ni entonces ni ahora debe servir ese título, como a veces ocurre, de patente de corso para ningún género de fechorías.


Tumba de Enrique IV en Guadalupe

      Doña María, la reina, “la que, según Palencia, no halló en el matrimonio el menor goce”, murió joven y, a la verdad, de un modo tan extraño que no hace nada inverosímil la sospecha de que fuese envenenada, como su hermana la reina de Portugal, desterrada en Toledo y madre de la princesa Doña Juana, segunda esposa de Enrique IV, de la que tanto tendremos que ocuparnos. Nada aportan los datos que de ella pueden recogerse al interés de nuestra historia clínica. Debió ser una mujer buena, insignificante y melancólica. Todo lo malo de Don Enrique le afluye sin duda por vía paterna, haciéndonos pensar cuanto hubiera ganado probablemente la historia de España de haber sido cierto el adulterio de la reina a que antes nos hemos referido. Los rasgos degenerativos de Don Juan II pasaron también, con su segundo matrimonio, a la otra rama de su descendencia, agravados por la tara indudable de la nueva esposa. Doña Isabel, la futura Reina Católica, fue un producto genial de esta triste herencia, un eslabón excelso –como es siempre el genio- en una cadena de miserias. Pero rebrotó la pesadumbre degenerativa en su nieta, la loca Doña Juana, y en varios más de sus sucesores.


Don Álvaro de Luna

viernes, 13 de abril de 2012

Anatole France.- EL ANILLO DE AMATISTA


Anatole France
 
EL ANILLO DE AMATISTA    
 
 
El autor
 
I
 
La señora de Bergeret abandonó el hogar conyugal, conforme lo había decidido, y se retiró a casa de su madre, la señora viuda de Pouilly.
A última hora suponía ya más grato no marcharse, y a poquito que la instaran hubiera consentido en olvidar el pasado para seguir haciendo vida común con el señor Bergeret, su marido, quien ya solamente le inspiraba cierto desprecio por ser un marido burlado.
Estaba dispuesta a perdonar; pero no se lo permitía la estimación inflexible de que la sociedad la rodeaba. La señora de Dellion la hizo saber que juzgarían desfavorablemente una debilidad semejante; los salones de la capital mostráronse unánimes en este punto, y entre los tenderos también hubo una sola opinión: la señora de Bergeret debía retirarse a vivir con su familia. De este modo se interesaban por su virtud y al mismo tiempo se libraban de una persona indiscreta, grosera y comprometedora, cuya vulgaridad era reconocida hasta entre los más vulgares, y que molestaba mucho a todos. La hicieron comprender que su inmediata separación era un gesto gallardo.
—Hija mía, la admiro a usted —decía desde el fondo de su butaca la señora Dutilleul, viuda imperecedera de cuatro maridos, mujer terrible de la cual se había sospechado todo menos que hubiese amado, y que, sin embargo, era muy estimada.

Una edición del libro

La señora de Bergeret estaba muy satisfecha de inspirar simpatía a la señora Dellion y admiración a la señora Dutilleul. Pero, a pesar de todo, dudaba entre marcharse o no, porque su carácter era casero, y rutinario, y porque vivía satisfecha entre la holganza y la mentira. En esta coyuntura, el señor Bergeret hizo todo lo posible para librarse de su esposa, y soportó pacientemente las torpezas de María, su desastrosa criada, símbolo de la miseria, del terror y de la desesperación en aquella cocina donde, al decir de las gentes, introdujo ladrones y asesinos y sólo se manifestó por verdaderas catástrofes.
Noventa y seis horas antes del día señalado para la marcha de la señora Bergeret, aquella moza, en completa embriaguez según costumbre, derramó el petróleo inflamado del quinqué en el cuarto de su ama, y ardieron las colgaduras de la cama, que eran de cretona azul.
La señora Bergeret hallábase de visita en casa de su amiga la señora Lacarelle, y a su regreso vio, en el silencio terrible de la casa, las huellas del desastre. Inútilmente llamó a la moza aletargada y al marido petrificado; durante largo rato contempló los estragos del incendio y las lúgubres señales que el humo había dejado en el techo. Aquel accidente casual tomaba una expresión mística y espantable a sus ojos. Por fin, como la vela se extinguía, temerosa de quedarse a oscuras, muy fatigada y temblando de frío, se acostó bajo el armazón carbonizado donde colgaban ennegrecidos jirones semejantes a las alas de los murciélagos. Por la mañana, al despertarse, lloró sus cortinas azules, recuerdo y símbolo de su juventud, y se lanzó descalza, en camisa, desgreñada, impresionada por el siniestro, gritando y lamentándose en torno de la sombría estancia. El señor Bergeret nada contestó: ella no existía ya para él

Anillo de amarista

Al anochecer, y con la ayuda de la cocinera, puso la cama en el centro del gabinete desolado; pero comprendió que aquel no era para ella en lo sucesivo un lugar de reposo, y que debía abandonar un aposento en el cual, durante quince años, realizó las funciones ordinarias de la vida.
Entretanto, el ingenioso Bergeret, que había tomado para vivir con su hija Paulina un pisito en la plaza de San Exuperio, trasladaba sus cachivaches afanosamente.
Sin cesar iba y venía, escurriéndose a lo largo de las paredes con la agilidad de un ratón sorprendido en sus derribos. En el fondo de su alma se regocijaba, pero supo disimular con prudencia su alegría.
La señora Bergeret reflexionó que se hallaba próximo el fin del arriendo y que le sería preciso desalojar la casa, por lo cual también se ocupó en enviar muebles a su madre, que habitaba en las afueras de una ciudad provinciana. Hacía toda clase de envoltorios de ropa, empujaba los armarios, daba órdenes al embalador, estornudaba entre la polvareda que se había levantado y escribía en tarjetas la dirección de la viuda Pouilly.

Una casa del siglo XIX

La señora de Bergeret sacó de su trabajo algún provecho moral. El trabajo es bueno para el hombre: le distrae de su propia vida, le aleja de la contemplación espantosa de sí mismo, le impide mirar a ese otro yo que lleva dentro y que le apesadumbra en la soledad; es el supremo recurso para la ética y la estética. El trabajo es, además, conveniente, porque distrae nuestra vanidad, engaña nuestra impotencia y nos comunica la esperanza de sucesos prósperos. Nos preciamos de vencer al Destino por su mediación. Como no comprendemos las necesarias relaciones que ligan nuestro propio esfuerzo a la mecánica universal, nos parece que este esfuerzo se inclina de nuestra parte contra lo demás de la maquinaria. El trabajo nos ilusiona y nos finge voluntad, fuerza, independencia; nos diviniza a nuestros propios ojos; nos convierte, para nosotros mismos, en héroes, genios, demonios, demiurgos, dioses, en Dios. Y, en realidad, sólo se ha concebido siempre a Dios como un obrero. Acaso por estas razones, la señora de Bergeret recobró entre los embalajes su ligereza natural y la feliz energía de sus fuerzas animales. Mientras hacía envoltorios cantaba romanzas; la sangre que corría presurosa por sus venas inundábale de gozo el alma. Auguraba un porvenir favorable, imaginando con risueños colores su estancia en el Norte, rodeada por su madre y sus dos hijas menores. Esperaba rejuvenecerse, agradar, brillar, así como encontrar grandes simpatías, recibir homenajes. ¿Y quién sabe si encontraría también la riqueza en la tierra natal de los Pouilly con un segundo casamiento, después de un divorcio acordado en favor suyo? ¿No podría casarse con un hombre serio, agradable, propietario, agricultor o empleado, muy distinto de Bergeret?
Los cuidados del embalaje la proporcionaban también satisfacciones íntimas, y hasta la favorecían con algunas ventajas manifiestas. En efecto, además de recoger los muebles que aportó al casarse y la mitad de los bienes gananciales que la correspondían, embaulaba otros objetos, propiedad evidente de su marido. Entre sus camisas puso una taza de plata que el señor Bergeret había heredado de su abuela materna. De igual modo mezcló con sus joyas, que por cierto no eran de gran valor, la cadena y el reloj del señor Bergeret padre, profesor de la Universidad, que se había negado a prestar juramento al Imperio en 1852 y murió en 1873, desatendido y pobre.
La señora de Bergeret sólo interrumpía sus faenas para hacer las melancólicas y triunfantes visitas de despedida. La opinión se le mostraba favorable. Los juicios de los hombres son muy varios, y no hay un solo rincón en el mundo donde se hallen de acuerdo todas las opiniones. Tradidit mundum disputationibus eorum. La propia señora de Bergeret era motivo de disputas corteses y de secretas disensiones. Casi todas las señoras de la sociedad burguesa la juzgaban digna, puesto que la recibían; pero, sin embargo, algunas sospecharon que su aventura con el señor Roux no fue del todo inocente. Quién la criticaba, quién la excusaba, y no faltó quien aprobara su conducta, en detrimento del señor Bergeret, que, a su juicio, era un mal hombre.
Lo cual estaba en duda todavía, porque otras personas juzgaban al señor Bergeret bondadoso, tranquilo, aborrecible solamente por su inteligencia demasiado sutil, a la vez que despreciadora de las inteligencias vulgares.
El señor de Terremondre afirmaba que Bergeret era muy afectuoso, a lo que la señora de Dellion contestaba que, si fuera realmente bueno, no se separaría de su mujer aun cuando ella fuese mala.
—Esto sería verdadera bondad —insinuaba ella—, pues no tiene mérito acomodarse a una mujer encantadora.
Y la señora Dellion agregaba también:
—El señor Bergeret se obstina en conservar a su mujer a su lado, pero ella le abandona y tiene razón: éste será el castigo del señor Bergeret.
Así la señora Dellion sostenía dos opiniones en absoluto desacuerdo, porque las ideas humanas obedecen a la violencia del sentimiento y no al dictado de la razón.
A pesar de ser contradictorios los juicios de las gentes, la señora de Bergeret dejara en la ciudad buena fama si la víspera de su partida, cuando visitó a la señora de Lacarelle para despedirse, no se hubiera encontrado sola en el salón con el señor Lacarelle.

viernes, 30 de marzo de 2012

Henri Pirenne: LAS CIUDADES DE LA EDAD MEDIA

El profesor Pirenne

Henri Pirenne: LAS CIUDADES DE LA EDAD MEDIA

1. El comercio del Mediterráneo hasta finales del siglo VIII

 Una ciudad medieval

      Si se echa una mirada al conjunto del Imperio romano, lo primero que sorprende es su carácter mediterráneo. Su extensión no sobrepasa apenas la cuenca del gran lago interior al que encierra por todas partes. Sus lejanas fronteras del Rhin, del Danubio, del Éufrates y del Sahara forman un enorme círculo de defensas destinado a proteger sus accesos. Incuestionablemente el mar es, a la vez, la garantía de su unidad política y de su unidad económica. Su existencia depende del dominio que se ejerza sobre él. Sin esta gran vía de comunicación no serían posibles ni el gobierno ni la alimentación del “orbis romanus”. Es interesante constatar de qué manera al envejecer el Imperio se acentúa más su carácter marítimo. Su capital en tierra firme, Roma, es abandonada en el siglo IV por otra capital que es al mismo tiempo un puerto admirable: Constantinopla.
Solidus de oro

      Ciertamente, al finalizar el siglo III se revela la civilización en una notable decadencia. La población disminuye, la energía se debilita, los gastos crecientes del gobierno que se afana en la lucha por la supervivencia entrañan una explotación fiscal que esclaviza cada vez más los hombres al Estado. Sin embargo, esta decadencia no parece haber afectado sensiblemente a la navegación en el Mediterráneo. La actividad que aún presenta contrasta con la atonía que paulatinamente se apodera de las provincias continentales. Continúa manteniendo en contacto a Oriente y a Occidente. No se ve de ningún modo desaparecer el intercambio de productos manufacturados o se productos naturales de climas marítimos tan diversos: tejidos de Constantinopla, de Edesa, de Antioquía, de Alejandría; vinos, aceites y especias de Siria, papiros de Egipto, trigo de Egipto, de África, de España, vinos de la Galia y de Italia. La reforma monetaria de Constantino, basada en el “solidus” de oro también debió de favorecer singularmente el movimiento comercial al proporcionarle el beneficio de un excelente numerario, universalmente utilizado como instrumento de las transacciones y expresión de los precios.

     
Un domon bizantino

martes, 20 de marzo de 2012

Chamfort.- MAXIMAS Y PENSAMIENTOS

Nicolás de Chamfort

MÁXIMAS Y PENSAMIENTOS

 Sébastien-Roch Nicolas, alias Nicolas de Chdamfort

1. Las máximas, los axiomas, son, como los compendios, tareas de personas de ingenio, que han trabajado, a lo que se ve, para solaz de espíritus perezosos o mediocres. El perezoso adopta una máxima que le dispensa de realizar por su cuenta las observaciones que han llevado al autor de la misma al resultado que comunica a su lector. El perezoso y el hombre mediocre se creen dispensados de ir más allá y prestan a la máxima una generalidad que el autor, de no ser a su vez una mediocridad, lo que a veces sucede, no pretendió darle. El hombre superior capta al instante las semejanzas y diferencias que hacen que la máxima sea más o menos aplicable a tal o cual caso o deje de serlo en absoluto. Sucede aquí como en la historia natural, donde el deseo de simplificar ha imaginado las clases y las divisiones. Sin duda se precisión de ingenio para efectuarlas, porque fue preciso acercarse y observar las relaciones. Mas el gran naturalista, el hombre de genio, comprende que la naturaleza abunda en seres individualmente diferentes y sabe de la insuficiencia de las divisiones y clases que usan  con tanta alegría los espíritus mediocre o perezosos; podemos, pues, asociarlos; con frecuencia constituyen la misma cosa, son muchas veces la causa y el efecto.


2. La mayoría de los autores de colecciones de versos o citas célebres recuerdan a quienes devoran cerezas u ostras, eligiendo al principio las mejores y acabando por comerlas todas.


Una edición de la obra
3. El hombre, en el estado actual de la sociedad, me parece más corrompido por su razón que por sus pasiones.Sus pasiones (e incluyo aquí aquéllas que pertenecen al hombre primitivo) han conservado, en el orden social, lo poco de naturaleza que aún se puede rastrear.

4. La filosofía, como la medicina, encierra multitud de drogas, pocos buenos remedios y casi ningún específico.


5. He conocido hombres que sólo estaban dotados de una razón recta y sencilla, sin una gran inteligencia o una excesiva altura individual, pero a los que bastaba esa razón simple para poner en su sitio a las vanidades y tonterías humanas, para proporcionarles el sentimiento de su dignidad personal y hacerles valorar dicho sentimiento en los otros. Me he tropezado con mujeres, más o menos en el mismo caso, a las que un sentimiento verdadero, tempranamente experimentado, había colocado en el nivel de las mismas ideas. Se sigue de estas dos observaciones que aquellos que conceden un gran valor a aquellas vanidades, o aquellas humanas estupideces, pertenecen a la última categoría de nuestra especie.

  Clermont-Ferrand, la patria de Chamfort   

6. Un hombre honesto debe obtener la estima pública sin haberlo previsto y, por así decirlo, a pesar suyo. Quien se dedica a buscarla, revela su estatura.


7. Una bella alegoría de la Biblia es ese árbol de la ciencia del bien y del mal que conlleva la muerte. Este emblema, ¿no querrá significar que cuando se ha penetrado el fondo de las cosas, la pérdida de las ilusiones supone la muerte del alma, es decir, un desinterés completo de cuanto concierne y ocupa a los demás hombres?


8. El pensamiento de todo consuela y a todo halla remedio. Si alguna vez os daña, pedidle el remedio del mal que os causó, y os lo suministrará.
Sus obras completas


9. Existen, es inútil negarlo, algunos grandes caracteres en la historia moderna y no somos capaces de comprender cómo se formaron. Semejan desplazados. Son a modo de cariátides en un entresuelo.


10. La filosofía mejor, en cuanto al mundo concierne, reside en conciliar el sarcasmo de la alegría con la indulgencia del desprecio.

domingo, 4 de marzo de 2012

Alejo Carpentier.- GUERRA DEL TIEMPO.

Alejo Carpentier.- GUERRA DEL TIEMPO.

VIAJE A LA SEMILLA. I.

 El autor en plena faena

      -¿Qué quieres, viejo ?....

      Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con un mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendía piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían –despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda.

Una edición del cuento

Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el pelo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se enguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Lausana, donde el autor vino al mundo

      Dieron las cinco. Las cornisas y entablamientos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el asalto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba muy pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba lo labios. Por primera vez las habitaciones sormirían sin persianas, dabiertas sobre el paisaje de escombros.
Una calle de la vieja Habana

      Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su vocación vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por el aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puertas se erguían aún, en lo alto, con tablas de sombra suspendidas de sus bisagras desorientadas.
Una traducción del libro

miércoles, 22 de febrero de 2012

Daniel Defoe.- EL ESPECTRO Y EL SALTEADOR DE CAMINOS

Daniel Defoe

EL ESPECTRO Y EL SALTEADOR DE CAMINOS

 Retrato del autor

      Cuenta la historia que Hind, aquel famoso asaltante y proscripto, el más renombrado desde Robin Hood, encontró un espectro en el camino de un lugar llamado Stangate-hole, en Huntingdonshire, donde él acostumbraba a cometer sus robos y era famoso desde entonces por sus muchos asaltos.

El ssalteador de caminos

      El espectro se apareció con el traje de un simple ganadero de la zona. Y como el diablo, como podéis suponer, conocía muy bien los refugios y escondrijos que Hind frecuentaba, vino a la posada y, habiendo tomado cuarto, puso en lugar seguro su caballo y ordenó al posadero que le llevara su maleta, que era muy pesada, a su cámara. Cuando estuvo en ella, abrió el equipaje, tomó el dinero, que estaba distribuido en pequeños envoltorios y colocó todo en dos bolsas, que tendrían igual peso a cada lado del caballo, y las hizo tan evidentes como le fue posible.

Paisaje del Huntingdonshire

      Las casas que alojan bandidos están pocas veces libres de espías que les proporcionan debida relación de lo que pasa. Hind recibió noticias del dinero, vio al hombre, vio el caballo al que sabía que volvería a ver; averiguó qué camino seguiría; lo encontró en Stangatehole, justo en el valle entre las dos colinas y lo detuvo diciéndole que debía entregarle la bolsa.

      Cuando habló de la plata, el ganadero fingió sorprenderse, mostró pánico, tembló y atemorizado y con un tono miserable dijo: "¡Como puedes ver yo sólo soy un pobre hombre! Por cierto, señor, no tengo dinero." (Ahí mostró el diablo que podía decir la verdad cuando se presentaba la ocasión.)

Un buen camino para un buen salteador

      "¡Ah, perro!" -dijo él- "¿No tienes dinero? Vamos, aparta tu capa y dame las dos bolsas, esas que están a cada lado de la silla. ¡Qué! ¿No tienes dinero y sin embargo tus bolsas son demasiado pesadas para ponerlas de un solo lado? ¡Vamos, termina o te cortaré en pedazos en este mismo momento!"

      (Aquí se puso fuera de sí, y lo amenazó de la peor manera que pudo.)

      Bien, el pobre diablo lloraba y le decía que debía estar equivocado; que lo había tomado por otro hombre, seguro, porque realmente él no tenía dinero.

      "¡Vamos, vamos!" -dijo Hind- "¡Ven conmigo!" Entonces tomó el caballo por la rienda y lo sacó fuera del sendero, hacia el bosque, que es muy oscuro en aquel lugar, porque el negocio era demasiado largo para quedarse en el camino durante todo el tiempo que durara.

      Cuando estuvo en el bosque, "¡Vamos, señor ganadero" -ordenó-, "desmonta y dame las bolsas al instante!". En suma, hizo bajar al pobre hombre, le cortó las riendas y la cincha y abrió la alforja donde encontró las dos bolsas.

      "Muy bien" -dijo- "aquí están y tan pesadas como antes". Las arrojó al suelo, las cortó para abrirlas; en una encontró una cuerda y en la otra una pieza de latón maciza con la forma exacta de una horca. Y el ganadero, detrás de él exclamó: "He aquí tu destino, Hind. ¡Ten cuidado!"

      Si él se sorprendió por lo que encontró en las bolsas -pues no había ni un cuarto de penique en la alforja donde estaba la cuerda -más se sorprendió cuando oyó al ganadero llamarlo por su nombre, y se volvió para matarlo porque creyó que lo había reconocido. Pero se quedó sin aliento y sin vida cuando, volviéndose (como ya dije) para matar al hombre, no vio nada sino el pobre caballo.

      Yo insinúo que no había allí más dinero que una moneda que la historia dice era escocesa: una pieza llamada allí de catorce peniques y en Inglaterra de trece y medio. De donde se supone que, desde entonces y hasta nuestros días, se dice que trece peniques y medio es el salario del verdugo.

Una edición de los cuentos de terror