miércoles, 2 de diciembre de 2015

Gavilla de letras: SEGUNDA PARTE DE CLASES MAGISTRALES

Gavilla de letras: SEGUNDA PARTE DE CLASES MAGISTRALES: Hola, amigas y amigos. Hace un mes que no aparezco por aquí. Suelen enredarse algunas cosas, el ánimo decae, el día a día se alarga más al...

jueves, 25 de octubre de 2012


José Ortega y Gasset.- ESTUDIOS SOBRE EL AMOR

 
Ortega según Zuloaga
 

     PARA UNA PSICOLOGÍA DEL HOMBRE INTERESANTE

 

     No hay nada tan halagüeño para un varón como oír que las mujeres dicen de él que es un hombre interesante. Pero, ¿cuándo es un hombre interesante, según la mujer? La cuestión es de las más sutiles que se pueden plantear; pero a la vez, una de las más difíciles. Para salir a su encuentro con algún rigor sería menester desarrollar toda una nueva disciplina, aún no intentada y que desde hace años me ocupa y preocupa. Suelo darle el nombre de Conocimiento del hombre o antropología filosófica. Esta disciplina nos enseñará que las almas tienen formas diferentes, lo mismo que los cuerpos
 
Ortega según Sorolla

Con más o menos claridad, según la perspicacia de cada uno, percibimos todos en el trato social esa diversa configuración íntima de las personas, pero nos cuesta mucho trabajo transformar esa evidente percepción en conceptos claros, en pleno conocimiento. Sentimos a los demás, pero no los sabemos.

Ortega según Juan Ávalos

     Sin embargo, el lenguaje usual ha acumulado un tesoro de finos atisbos que se conserva en cápsulas verbales de sugestiva alusión. Se habla, en efecto, de almas ásperas y de almas suaves, se almas agrias y dulces, profundas y superficiales, fuertes y débiles, pesadas y livianas. Se habla de hombres magnánimos y pusilánimes, reconociendo así tamaño a las almas como a los cuerpos. Se dice de alguien que es un hombre de acción o bien que es un contemplativo, que es un “cerebral” o un sentimental, etc., etc. Nadie se ha ocupado de realizar metódicamente el sentido preciso de tan varias denominaciones, tras de las cuales presumimos la diversidad maravillosa de la fauna humana. Ahora bien: todas esas expresiones no hacen más que aludir a diferencias de la configuración de la persona interna, e inducen a construir una anatomía psicológica. Se comprende que el alma del niño ha de tener por fuerza distinta estructura que la del anciano, y que un ambicioso posee diferente figura anímica que un soñador. Este estudio, hecho con un poco de sistema, nos llevaría a una urgente caracterología de nuevo estilo, mediante la cual podríamos describir con insospechada delicadeza las variedades de la intimidad humana. Entre ellas aparece el hombre interesante según la mujer.

Una vieja edición

     El intento de entrar a fondo en su análisis me produciría pavor, porque al punto nos encontraríamos rodeados de una selva donde todo es problema. Pues lo primero y más externo que del hombre interesante cabe decir es esto: el hombre interesante es el hombre de quien las mujeres se enamoran. Pero ya esto nos pierde, lanzándonos en medio de los mayores peligros. Caemos en plena selva de amor. Y es el caso que no hay en toda la topografía humana paisaje menos explorado que el de los amores. Puede decirse que está todo por decir, que está todo por pensar.

 Ortega dando una charla

martes, 11 de septiembre de 2012

Marguerite Yourcenar.- MEMORIAS DE ADRIANO


 
Yourcenar trabajando
 


 

Querido Marco:

     He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y de la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mi mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mi un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez en mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más
 
Vista actual de la avenida de Bruselas en que nació
 
seguro y mejor conocido que mi alma no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz… Amo a mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas fórmulas, demasiado triviales para engañar a nadie. Sabe bien cuánto detesto esta clase de impostura, pero no en vano ha ejercido la medicina durante más de treinta años. Perdono a este buen servidor su esfuerzo por disimularme la muerte. Hermógenes es sabio, y tiene también la sabiduría de la prudencia; su probidad excede con mucho a la de un vulgar médico de trabajo. Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos. Pero nada puede
 
Mont Noir, en Flandes, donde vivió con su abuela
 
exceder de los límites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo sesenta años.
 
Primera mujer en la Academia Francesa

     No te llames sin embargo a engaño; aún no estoy tan débil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda más penosas. De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos. Este término tan próximo no es necesariamente inmediato; todavía me recojo cada noche con la esperanza de llegar a la mañana. Dentro de los límites infranqueables de que hablaba, puedo defender mi posición palmo a palmo, y aun recobrar algunas pulgadas del terreno perdido. Pero de todos modos he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos. Pero la incertidumbre del lugar, de la hora y del modo, que nos impide distinguir con claridad ese fin hacia el cual avanzamos sin tregua, disminuye para mí a medida que la enfermedad mortal progresa. Cualquiera puede morir súbitamente, pero el enfermo sabe que dentro de diez años ya no vivirá. Mi margen de duda no abarca los años sino los meses. Mis

Con su pareja, Grace Flick

probabilidades de acabar por obra de una puñalada en el corazón o de una caída de caballo van disminuyendo cada vez más; la peste parece improbable; se diría que la lepra o el cáncer han quedado definitivamente atrás. Ya no corro el riesgo de caer en las fronteras, golpeado por un hacha caledonia o atravesado por una flecha parta; las tempestades no supieron aprovechar las ocasiones que se les ofrecían; y el hechicero que me predijo que no moriría ahogado parece haber tenido razón. Moriré en Tibur, en Roma, o a lo sumo en Nápoles, y una crisis de asfixia se encargará de la tarea. ¿Cuál de ellas me arrastrará, la décima o la centésima? Todo está en eso. Como el viajero que navega entre las islas del Archipiélago ve alzarse al anochecer la bruma luminosa y descubre poco la línea de la costa, así empiezo a percibir el perfil de mi muerte.
 
Paisaje de Mount Desert Island, en Maine, donde vivió muchos años

 

viernes, 31 de agosto de 2012

Rosalía de Castro.- LA HIJA DEL MAR


Retrato en piedra de la autora
 
Capítulo Primero: ¡BUENA PESCA!

 

La tarde era calurosa y el viento soplaba con violencia hacia el sudoeste.

En la playa se oían voces y algazara.

-¡Fuerza!, ¡fuerza!, gritaban enronquecidos los marineros en tanto envolvían apresuradamente en sus nervudos brazos las gruesas cuerdas de cáñamo empapadas de agua salada.

-¡Ea!, ¡valor!, -repetían haciendo inauditos esfuerzos por atraer la red ya próxima a la orilla-. La tarde es buena, la pesca parece abundante y una buena cena nos espera; con tal que Andrés nos dé de aquel vino que tiene en su bodega y que alegra las cabezas como un rayo de sol alegra estas olas de maldición.

-¡Soberbio vino!, -gritó uno-. Y si nuestro buen compañero quiere regalarnos con él y darnos un día de fiesta, juro por todos vosotros y por mí también que beberemos aunque sea una azumbre.

El Hospital Real de Santiago, donde fué bautizada

-Somos veinte y cinco -añadió un segundo-. Somos veinte y cinco, Andrés..., suma... y es cuenta redonda, veinte y cinco azumbres..., nosotros en cambio llevaremos...

Y al decir esto hizo una seña maliciosa, a la que sus compañeros contestaron con una alegre carcajada.

-¡Silencio!, -interrumpió en tono de zumba una voz robusta que dominó la algazara, como la voz de Júpiter de quien dice Homero, el poeta divino, que serenaba las tempestades-; la frente de Andrés se torna de roja en pálida y sus labios se comprimen. ¡Mirad..., mirad sus ojos inyectados de sangre! Una palabra más y le veréis atacado de apoplejía por una indigestión de dichos atrevidos que conspiran contra su hacienda.

Y esas palabras eran acompañadas de risas y de miradas significativas que se cruzaban de una y otra parte con suma rapidez.

-¡Fuego sobre mis compañeros! -exclamó amostazado el personaje a quien iban dirigidas aquellas palabras-. Si tenéis sed, yo os zambulliré de buena gana en el mar para emborracharos a mi placer, pero nunca con mi vino añejo, a no ser que se convirtiese en veneno.

Algunos puños se levantaron a un tiempo mismo para contestarle; pero volvieron a bajarse en un instante por ser necesario detener las cuerdas que el peso de la red y el oleaje arrastraban hacia el mar.

Una edición de la novela
 
Presentaron entonces un aspecto casi salvaje.

Ellos se animaban unos a otros con imprecaciones y juramentos, con apodos y con aullidos que retumbaban entre las peñas, en tanto sus atezados rostros eran azotados por el viento, así como sus crespos y enmarañados cabellos.

Los unos en pos de los otros, el cuerpo inclinado hacia atrás y los anchos pies hincados fuertemente en la arena de la playa, parecían nuevos Hércules dispuestos a combatir con los elementos.

La mar se agitaba sordamente resolviéndose en su profundo lecho, las olas empezaban a estrellarse contra las rocas y salpicaban las camisetas azules de los marineros, a través de las cuales se descubrían aquellas pronunciadas y nerviosas musculaturas capaces de resistir la intemperie y crudeza de las estaciones, que en aquel desolado rincón del mundo, más que en parte alguna, suelen ser crueles y rigurosas.

Las pescadoras iban en tanto apareciendo por los tortuosos caminos que conducían a la playa, y, posando sus cestos de mimbre en la arena, se sentaban sobre ellos y charlaban juntas, y murmuraban; feo vicio en el que, a pesar de que siempre se achaca a las mujeres, se me antoja creer, y lo que es más, decirlo, incurren los hombres con demasiada frecuencia.

Por una senda oculta y extraviada apareció una joven que fue recibida por todos con muestras de particular predilección.

El Castillo-Archivo de Simancas, donde escribió algunos de sus textos

En sus brazos traía un niño al que muy pocas primaveras habían sonreído, y que, a juzgar por el cariño con que le cuidaba, no cabía duda alguna que era su hijo, a pesar de que ella contaba apenas dieciocho años.

Tenía el rostro oscurecido por ese color tostado que presta el mar, y sus ojos de un brillo casi luminoso daban a su fisonomía delicada, y un tanto marchita, cierto reflejo extraño e incomprensible que llamaba la atención de todo aquel que la veía, aun cuando fuese por primera vez.

Traía los brazos y los pies desnudos, y éstos, así como todo su cuerpo, tenían una forma casi aristocrática que era fácil distinguir a pesar de su desaliño.

No obstante, el color pálido que teñía sus facciones se adivinaba, gracias al aspecto de su construcción, que debía ser robusta y de pasiones exaltadas.

La languidez de su mirada y las largas pestañas que hacían sombra sobre sus mejillas no bastaban a ocultar el rayo brillante que despedía su pupila oscura y fosforescente.

Al llegar cerca de las demás pescadoras, tomó asiento entre ellas y les dirigió la palabra con un aire modesto y gracioso, al mismo tiempo que prestaba a su fisonomía un tinte especial, conjunto de tristeza y de alegría, de melancólicos y de risueños pensamientos.

Diríase que dos rayos de luz, sombrío el uno y brillante el otro, iluminaban alternativamente su semblante prestándole un aire extraño y sobrenatural.

La casa de Padrón donde vivió, ahora museo

La pobre niña había adquirido desde sus primeros años cierta apartada reserva para con los que la rodeaban, que rayaba ya en severidad y algunas veces en fiereza; triste efecto de una vida solitaria y errante como los vientos de aquellas comarcas.

Hija de un momento de perdición, su madre no tuvo siquiera para santificar su yerro aquel amor con que una madre desdichada hace respetar su desgracia ante todas las miradas, desde las más púdicas hasta las más hipócritas.

Hija del amor, tal vez, apenas la luz del día iluminó sus inocentes mejillas, fue depositada en una de esas benditas casas en donde la caridad ajena puede darle la vida, pero de seguro no le dará una madre; así fue que las únicas caricias que halagaron la existencia de aquella criatura fueron las de un marido que la abandonó en medio de sus sueños de ángel, cuando empezaba a comprender que la vida tiene más encantos que la soledad de los bosques y el canto de los pájaros en una mañana de primavera.

Su belleza y hasta aquella grave reserva con que las más de las veces evitaba hablar con los que la buscaban, la hicieron querida para todos y recibida siempre, aun a pesar suyo, con muestras de regocijo allí a donde quisiera que se acercase.

Risas estrepitosas y voces alegres llenaron bien pronto el silencio de aquella ribera, en tanto vagaban por la playa las frescas y robustas hijas de aquellas montañas que comunican su salvaje belleza a sus moradores.

Los marineros, más animados que nunca en su trabajo, juraban, cantaban y reían, escarneciéndose sin compasión, pero también sin que, como solía suceder, pasaran de palabras sus amenazadoras promesas y sus juramentos, que escandalizarían los oídos menos castos si algunos hubiese por aquellos lugares.

Cubríase el cielo poco a poco de nubes plomizas y los relámpagos, reflejándose en las olas que empezaban a rugir sordamente, prestaban un aspecto asolador a aquel vasto océano que parecía extenderse hasta la inmensidad.

Pasaron desapercibidos al principio aquellos tristes augurios de una próxima tempestad, no cesando, por tanto, ni las risas ni el tumulto de aquella loca alegría, pero tan pronto como el ruido del trueno pasó rodando sobre las olas y, llenando la playa, hirió el oído de aquellas pobres mujeres, que creen reconocer en él la ira de Dios que de este modo se muestra visiblemente a los pecadores, se acercaron temblando las unas a las otras como si quisiesen de este modo amparar su flaqueza con el miedo y la flaqueza ajena, y entonando cada vez y en voz baja sus oraciones se arrodillaban y guarecían sus cabezas de la lluvia con los cestos todavía vacíos.

La villa de Iria Flavia, donde yacen sus restos
 

Los marineros, sin embargo, no tomaban parte en aquellas oraciones, cuidaban, sí, de terminar su trabajo con la mayor presteza.

Las olas cada vez más gruesas llegaban irritadas hasta sus rodillas y, estrellándose contra las peñas, formaban una armonía lúgubre, mezclándose al rugido de la tempestad y al rezo de aquellas temerosas mujeres.

Parecía una sinfonía infernal con sordos rumores y silbos agudos, con murmullos tenebrosos y maldiciones y agitados suspiros.

El cielo oscurecido, las rocas peladas, la mar hirviente y amenazadora, iluminada al vivo lampo y deslumbrador del rayo que aparece y desaparece a nuestros ojos, como una mirada de fuego que brilla y se oculta rápidamente deslumbrándonos más y más con su movilidad incesante; todo esto presentaba un aspecto de luz y de tinieblas, de desorden, si así puede decirse, y de grandiosidad, difícil de comprender si causaba espanto o admiración.

Hay cuadros sublimes en la naturaleza que conmueven de una manera extraña e indefinible, sin que nos sea posible juzgar de nuestros mismos sentimientos en aquellos instantes en que no nos pertenecemos.

Un poeta, un artista, que de repente se hallara transportado a aquellas riberas salvajes, enmudecería de admiración al ver un tan grandioso desorden, al escuchar aquellos acentos gemidores de la naturaleza que no sabemos si se irrita, o si reza o llora, implorando al ser que la gobierna; y, sin embargo, todos los que se hallaban allí, mudos testigos de tan conmovedor espectáculo, no veían más que truenos y relámpagos que les causaban miedo y una mar irritada que amenazaba romper la red en que tenían todo su tesoro.

Teresa era la única que con una extraña mezcla de miedo y de curiosidad seguía ansiosa con su mirada aquellas ráfagas brillantes que, iluminando cuanto la rodeaba, mostraban la grandeza del océano con sus abismos profundos y con su cólera que recuerda la de otro ser más poderoso que nosotros.

Por fin un grito de alegría se escuchó en medio de aquel tumulto y las pescadoras, levantándose presurosas, se acercaron a la orilla para recoger en sus cestos la pesca plateada y brillante que la red acababa de traerles.

Los esfuerzos de los marineros habían conseguido vencer a la tormenta.

La lancha que traía el cabo de la red acababa de doblar el peñón inmenso, parecido a un castillo feudal con sus almenas y sus torres, llamado el Peñón de la Cruz, presentándose triunfante a la vista de los que se hallaban en tierra.

Reinaba a bordo una algazara y alegría no acostumbrada y mucho más cuando la tormenta amenazaba todavía destrozar sus jarcias y sus remos.

-¡Eh! -preguntaron entonces los de la playa-. ¿Qué novedad ocurre? Pues, a fe que no está el tiempo para chanzas y risas; acabad pronto, que la tormenta arrecia más y más y amenaza confundirnos.

-¿Qué queréis? -replicaron los de la lancha-, nuestra pesca ha sido admirable..., sobre todo hemos cogido este pequeño pescado que seríais capaces de comerlo crudo..., mirad... -y uno de los más robustos marineros mostraba oculto casi entre sus grandes y callosas manos un objeto sonrosado que desde tierra no se podía distinguir por ser demasiado larga la distancia.

-¡Qué diablos enseñas tú! -gritaron los de tierra-. ¡Eh! Tú, el de los pantalones tan negros como esta noche de maldición, ¿es alguna azucena monstruo cogida en la peña encantada?

Sí -repitieron los interpelados-, una azucena más hermosa que las que florecieron en la vara de nuestro patrono san José.

Y volviendo al silencio y a la faena interrumpida dejaron a los de tierra tan ignorantes acerca de lo que pasaba entre sus compañeros como al principio.

Ellos, sin embargo, formaran por su parte mil extrañas conjeturas sobre un lance al parecer tan extraordinario.

Las mujeres, sobre todo, serían capaces de dar toda su pesca de aquel día por enterarse cada una la primera de lo que pasaba en la lancha vecina.

Por fin tocó ésta la orilla y algunos marineros saltaron a tierra llevando uno de ellos en sus brazos un bulto cuidadosamente cubierto.

Verle y abalanzarse todos hacia él fue obra de un instante, y, rodeándole y haciendo mil curiosas preguntas, en poco estuvo que hiciesen pedazos la no muy fuerte camiseta del pobre Lorenzo que, pavoneándose lleno de una inocente vanidad, como aquel que va a hacer una revelación que ha de dejar suspensos a sus oyentes retarda el momento decisivo para que de este modo parezca más interesante su narración. Pero la mano harto rechoncha de una muchachuela de quince años, de aire picaresco y maneras atrevidas, osó posarse sobre el pañizuelo y, frustrando de un modo cruel los planes de Lorenzo, dejó descubierto, en un abrir y cerrar de ojos, el arcano misterioso a todos los circunstantes, que lanzaron una misma exclamación de sorpresa.

El quejido de una criatura recién nacida, lánguido, dulce y suave como una melodía, se dejó oír al mismo tiempo que el zumbido del trueno que resonó cercano, así como la luz fosfórica del relámpago iluminara antes la imagen de la inocencia, reposando en brazos de la fuerza.

 

domingo, 26 de agosto de 2012

Hermann Hesse.- HERMOSA ES LA JUVENTUD.



    

     Incluso mi tío Matthäus se alegró a su manera de mi retorno. Cuando un joven ha estado unos años en el extranjero y un día vuelve hecho una respetable persona, hasta los parientes más reservados le sonríen y le estrechan complacidos la mano.

Una edición de los Cuentos

     La pequeña maleta de color marrón, donde llevaba mis enseres, estaba todavía completamente nueva, con un buen cierre y cinturones relucientes. Contenía dos trajes limpios, bastante ropa blanca, un par de botas nuevas, algunos libros y fotos, dos hermosas pipas y una pistola de bolsillo. Además, traía mi caja de violín y una mochila llena de cachivaches, dos sombreros, un bastón, un paraguas, una gabardina ligera y un par de chanclos de goma, todo nuevo y sólido, y, finalmente, traía en el bolsillo interior, cosidos, más de doscientos marcos ahorrados y una carta en la que se me prometía para el otoño un buen puesto en el extranjero. Tenía aire de persona importante, y con este equipaje volvía, tras un largo peregrinaje, como un señor, a mi lugar natal, que había abandonado cuando era un tímido niño enfermizo.
 
Escultura del autor saludando a los visitantes en el puente de Calw

     Con cautelosa lentitud bajaba el tren la colina describiendo amplios círculos y a cada vuelta las casas, las callejas, el río y los jardines de la ciudad, situada al fondo, aparecían más próximos y perfilados. Pronto pude distinguir los tejados y traté de identificar bajos ellos a la gente conocida, pude contar las ventanas y reconocer los nidos de cigüeña, y mientras desde el valle me añoraban la niñez y la adolescencia y  mil recuerdos asombrosos, se fue diluyendo lentamente mi arrogante sentimiento de retorno, mi sensación de superioridad sobre la gente, para dar paso a una admiración agradecida. La nostalgia, que en el curso de los años se había volatilizado, se me apoderó con fuerza en el último cuarto de hora; cada retama al borde de la vía y cada seto conocido de jardín me resultaban maravillosamente entrañables y les pedía perdón por haberlos tenido en olvido y omisión durante tanto tiempo.
 
Plaza de Calw, donde Hesse nació

     Cuando el tren pasó por delante de nuestro jardín, alguien estaba en la ventana superior de nuestra vieja casa y saludaba con un gran pañuelo; debía ser mi padre. Y en el balón estaban mi madre y la sirvienta con pañuelos, y de la chimenea un ligero humo azul del fuego del café hendía el aire cálido y se dilataba por la pequeña ciudad. Todo esto me pertenecía otra vez, me había estado esperando y me daba la bienvenida.

El pueblo de Calw y el río
    

sábado, 11 de agosto de 2012

Alejandro Dumas.- LOS TRES MOSQUETEROS




Capítulo 1

Los tres presentes del señor D'Artagnan padre


Una vieja edición del libro
El primer lunes del mes de abril de 1625, el burgo de Meung, donde nació el autor del Roman de la Rose, parecía estar en una revolución tan completa como si los hugonotes hubieran venido a hacer de ella una segunda Rochelle. Muchos burgueses, al ver huir a las mujeres por la calle Mayor, al oír gritar a los niños en el umbral de las puertas, se apresuraban a endosarse la coraza y, respaldando su aplomo algo incierto con un mosquete o una partesana, se dirigían hacia la hostería del Franc Meunier, ante la cual bullía, creciendo de minuto en minuto, un grupo compacto, ruidoso y lleno de curiosidad.
La villa de Meung
En ese tiempo los pánicos eran frecuentes, y pocos días pasaban sin que una aldea a otra registrara en sus archivos algún acontecimiento de ese género. Estaban los señores que guerreaban entre sí; estaba el rey que hacía la guerra al cardenal; estaba el Español que hacía la guerra al rey. Luego, además de estas guerras sordas o públicas, secretas o patentes, estaban los ladrones, los mendigos, los hugonotes, los lobos y los lacayos que hacían la guerra a todo el mundo. Los burgueses se armaban siempre contra los ladrones, contra los lobos, contra los lacayos, con frecuencia contra los señores y los hugonotes, algunas veces contra el rey, pero nunca contra el cardenal ni contra el Español. De este hábito adquirido resulta, pues, que el susodicho primer lunes del mes de abril de 1625, los burgueses, al oír el barullo y no ver ni el banderín amarillo y rojo ni la librea del duque de Richelieu, se precipitaron hacia la hostería del Franc Meunier.

La Puerta de Meung
Llegados allí, todos pudieron ver y reconocer la causa de aquel jaleo.
Un joven..., pero hagamos su retrato de un solo trazo: figuraos a don Quijote a los dieciocho años, un don Quijote descortezado, sin cota ni quijotes, un don Quijote revestido de un jubón de lana cuyo color azul se había transformado en un matiz impreciso de heces y de azul celeste. Cara larga y atezada; el pómulo de las mejillas saliente, signo de astucia; los músculos maxilares enormente desarrollados, índice infalible por el que se reconocía al gascón, incluso sin boina, y nuestro joven llevaba una boina adornada con una especie de pluma; los ojos abiertos a inteligentes; la nariz ganchuda, pero finamente diseñada; demasiado grande para ser un

Paisaje del Béarn, con los Pirineos al fondo

adolescente, demasiado pequeña para ser un hombre hecho, un ojo poco acostumbrado le habría tomado por un hijo de aparcero de viaje, de no ser por su larga espada que, prendida de un tahalí de piel, golpeaba las pantorrillas de su propietario cuando estaba de pie, y el pelo erizado de su montura cuando estaba a caballo.

Porque nuestro joven tenía montura, y esa montura era tan notable que fue notada: era una jaca del Béam, de doce á catorce años, de pelaje amarillo, sin crines en la cola, mas no sin gabarros en las patas, y que, caminando con la cabeza más abajo de las rodillas, lo cual volvía inútil la aplicación de la martingala, hacía pese a todo sus ocho leguas diarias. Por desgracia, las cualidades de este caballo estaban tan bien ocultas bajo su pelaje extraño y su porte incongruente que, en una época en que todo el mundo entendía de caballos, la aparición de la susodicha jaca en Meung, donde había entrado hacía un cuarto de hora más o menos por la puerta de Beaugency, produjo una sensación cuyo disfavor repercutió sobre su caballero.


Y esa sensación había sido tanto más penosa para el joven D'Artagnan (así se llamaba el don Quijote de este nuevo Rocinante) cuanto que no se le ocultaba el lado ridículo que le prestaba, por buen caballero que fuese, semejante montura; también él había lanzado un fuerte suspiro al aceptar el regalo que le había hecho el señor D'Artagnan padre. No ignoraba que una bestia semejante valía por lo menos veinte libras; cierto que las palabras con que el presente vino acompañado no tenían precio.

-Hijo mío -había dicho el gentilhombre gascón en ese puro patois de Béam del que jamás había podido desembarazarse Enrique IV-, hijo mío, este caballo ha nacido en la casa de vuestro padre, tendrá pronto trece años, y ha permanecido aquí todo ese tiempo, lo que debe llevaros a amarlo. No lo vendáis jamás, dejadle morir tranquila y honorablemente de viejo; y si hacéis campaña con él, cuidadlo como cuidaríais a un viejo servidor.


jueves, 9 de agosto de 2012

Fernando de Rojas.- LA CELESTINA

Incunable de la 1ª edición del libro (1499)
  

ARGUMENTO DEL PRIMER AUTO DE ESTA COMEDIA



     Entrado CALISTO en una huerta en pos de un halcón suyo, halló ahí a MELIBEA, de cuyo amor preso, comenzóle de hablar; de la cual rigurosamente despedido, fue para su casa muy angustiado. Y habló con un criado suyo llamado SEMPRONIO, el cual, después de muchas razones, lo enderezó a una vieja llamada CELESTINA, en cuya casa tenía el mesmo criado una enamorada llamada ELICIA. La cual, viniendo SEMPRONIO  a casa de CELESTINA con el negocio de su amo, tenía otro consigo, llamado CRITO, al cual escondieron. Entretanto que SEMPRONIO está negociando con CELESTINA, CALISTO está razonando con otro su criado, por nombre PARMENO, el cual razonamiento dura hasta que llega SEMPRONIO y CELESTINA a casa de CALISTO. PARMENO fue conocido de CELESTINA, la cual mucho le dice de los hechos y conocimientos de su madre, induciéndole a amor y concordia de SEMPRONIO.

Un jardín en el que hubiera podido comenzar la trgicomedia


CALISTO.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA.- ¿En qué, Calisto?

CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase, y hacer a mí inmérito tanta merced que verte alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese, Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio y devoción y obras pías que por este lugar alcanzar no tengo a Dios ofrecido. ¿Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como agora el mío? Por cierto, los gloriosos santos, que se deleitan de la visión divina, no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo. Mas ¡oh triste! que de esto diferimos porque ellos puramente se glorifican sin temor de caer en tal bienaventuranza, y yo mismo, mixto, me alegro con recelo del esquivo tormento, que tu ausencia me ha de causar.

Plaza Mayot de la Puebla de Montalbán, villa toledana donde el autor vino al mundo

MELIBEA.- ¿Por gran premio tienes éste, Calixto?

CALISTO.- Téngolo por tanto, en verdad, que, si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo ternía por tanta felicidad.

MELIBEA.- Pues aún más igual galardón te daré yo, si perseveras.

CALISTO.- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra habéis oído!

Puente Romano de Talavera de la Reina, donde vivió y murió el autor

MELIBEA.- Mas desventuradas de que me acabas de oír. Porque la paga será tan fuera como merece tu loco atrevimiento. Y el intento de tus palabras ha seído como de ingenio de tal hombre como tú, haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo. ¡Vete, vete de ahí, torpe! Que no puede mi paciencia tolerar que haya deslizado ocultamente en corazón humano el propósito de conseguir en mi el deleite del ilícito amor.

CALISTO.- Iré como aquel contra quien solamente la adversa fortuna pone su estudio con odio cruel.

 Una vista de Talavera en la actualidad.
Aqui fue Rojas alcalde muchos años