miércoles, 8 de junio de 2011

Joseph Conrad.- CUENTOS: La Laguna.



Joseph Conrad.- CUENTOS: La Laguna.



     El blanco, reclinado con ambos brazos sobre el techo de la caseta a la popa del bote, dijo al timonel:

     -Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Ya es tarde.

     El malayo se limitó a gruñir y siguió mirando con fijeza río adelante. El blanco, apoyado el mentón sobre los brazos cruzados, lanzó una mirada a la quilla de la embarcación.

     Al extremo de la recta avenida de bosques que el destello intenso del río cortaba en dos, surgía el sol, cegador y sin nubes, posado sobre las aguas, que brillaban bruñidas como una banda de metal. A ambos lado de la corriente, los bosques, sombríos y solemnes, se erguían silenciosos e inmóviles. Al pie de árboles altos como torres, crecían, en el barro de la ribera, palmas de nipa destroncadas, en grupos de hojas pesadas y enormes que pendían tranquilas sobre el broncíneo remolino de los reflujos. En la paz del ambiente, todo árbol, toda hoja, todo helecho, toda rama de enredadera y todo pétalo de los minúsculos botones aparecía sumido en una perfecta y definitiva inmovilidad, por la virtud de algún encantamiento. Nada se agitaba sobre el río sino los ocho remos que, levantados regularmente en un relámpago, caían al unísono en un solo chapoteo, mientras el timonel se mecía a izquierda y derecha, con un brillante y repentino trazo de su cimitarra que describía un semicírculo
Una cimitarra
resplandeciente sobre la cabeza. Las aguas, al golpe de los remos, espumaban a lo largo del bote en un murmullo confuso. Y la canoa del blanco, avanzando río arriba en un breve disturbio por ella misma provocado, parecía atravesar los umbrales de una tierra en la que hasta la memoria misma del movimiento había desaparecido para siempre.
Palmas de nipa

     El blanco, volviendo la mirada al sol poniente, echó una mirada a lo largo de la amplia y vacía extensión de aquel brazo de mar. En las tres últimas millas de su curso, el río, errabundo e indeciso, como hechizado irresistiblemente por la libertad de un horizonte abierto, corre directamente hacia el mar, hacia el Oriente: hacia el Oriente, albergue de luz como de oscuridad. A la popa del buque, el insistente grito de algún ave, un grito discordante y débil, se arrastraba sobre el agua bruñida y se perdía, antes de alcanzar la ribera opuesta, en el ahogado silencia del universo.


     El timonel hundió su remo en la corriente, apretándolo con fuerza, los brazos muy tiesos, el cuerpo inclinado hacia adelante. El agua gorgoteaba rumorosa; y, repentinamente, el largo, recto brazo de mar pareció girar sobre su centro, las selvas trazaron un semicírculo y los rayos oblicuos del crepúsculo  tocaron los costados de la embarcación con un fiero destello, arrojando las finas sombras de sus tripulantes al resplandor rayado del río. El blanco se movió, lanzando una mirada hacia adelante. El curso del bote se había cambiado en ángulo recto con la corriente, y la labrada cabeza del dragón de la proa apuntaba ahora hacia un claro en el encaje de las malezas de la ribera. El bote se deslizó por él, rozando las colgantes ramas y desapareció del río semejante a una delgada criatura anfibia que abandonara el agua en busca de su guarida en los bosques.
El autor

3 comentarios:

  1. Está completo? Es que según yo es un poco más extenso. De todas formas, no sé si tú lo traduces, pero está muy bien ^^

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  2. Se necesita un RESUMEN.....no la obra completa...!!

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